La antivacunación ¿Por qué la preocupación por el resurgimiento del sarampión en los Estados Unidos?

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Apenas catorce años después de declarar a Estados Unidos libre de sarampión, ha habido un rebrote progresivo hasta llegar al escandaloso número de 668 casos confirmados en el 2014. En el 2000, el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC por sus siglas en inglés) anunció que no hubo ningún caso ese año. Pero la buena noticia no duró ni dos décadas: en los tres primeros meses del 2015 hay cuatro epidemias declaradas y 159 casos, sin muertes. Las investigaciones y estudios concluyen que la razón principal para que un programa tan exitoso de vacunación fracase es que hay un menor número de gente inmunizada, y esto a causa del –irracional– pero creciente rechazo de la población a las vacunas.

Para entender por qué cada vez hay más gente que se niega a vacunarse contra el sarampión, hay que –primero– entender qué es el sarampión. Transmitido por un virus, es una enfermedad “exantemática”, es decir que se manifiesta con sarpullidos cutáneos, y su sintomatología responde a una infección a todos los tejidos del organismo. Es por eso que los síntomas principales son los respiratorios, acompañados del exantema (erupción en la piel), y signos como fiebre e inflamación de ganglios linfáticos (que funcionan como cuarteles generales de células de defensa). Si el paciente infectado tose, el virus es capaz de sobrevivir en el aire –y sobre toda superficie donde descanse– hasta por dos horas, convirtiéndolas en fómites (superficies contaminadas con el virus como una manija de una puerta o un control remoto). Estas características hacen de la enfermedad muy virulenta -que puede causar más enfermedades-, potencialmente mortal y altamente contagiosa. Se reconoce que por cada infectado, resultan entre once a dieciocho casos secundarios. Si cinco niños de escuela tuviesen sarampión, cincuenta y cinco de sus compañeros de clase resultarían infectados. El sarampión no es motivo de risa.

Pero, si en el 2000 el sarampión ya se había eliminado, ¿cómo y por qué reaparece? Estados Unidos es un país de gran movimiento migratorio: no solo importa autos japoneses, sino también sarampión. En el 2008 se reportaron 131 casos al CDC. El brote incluyó tres epidemias grandes en ese año, y esa cepa viral –identificada como genotipo D5– había circulado de forma simultánea en Japón y Europa. En el desastroso 2014, la cepa identificada fue la misma que mataba gente en una gran epidemia en Filipinas. Una vez acomodado el virus, es cuestión de tiempo para que encuentre nuevos anfitriones no vacunados. El proceso es muy parecido al que presenta Steven Soderbergh en su película “Contagion” que relata los sucesos de una pandemia casi apocalíptica.

A pesar de ser virulento y muy contagioso, el sarampión es altamente prevenible con una vacunación adecuada. Es la misma desde que se creó –en 1968– y continúa siendo efectiva para controlar el contagio, induciendo inmunidad en un 95%, si se administra a los doce meses de edad, y en un 98% si es a los quince meses. El preparado contiene “virus vivos atenuados” (incapaces de causar enfermedad porque han sido genéticamente modificados), y genera una respuesta inmunitaria protectora mediada por células específicas de defensa que “aprenden” a reconocer –y no olviden nunca– al virus (las células asesinas por naturaleza o Natural Killers, NKT por sus siglas en inglés, las mismas que son destruidas por el VIH). El mismo mecanismo del sarampión se utiliza para dar inmunidad frente a la parotiditis (paperas), rubéola y varicela, por eso suelen ir en una sola inyección: La triple, MMR (mumps, measles and rubella) o también llamada la Trivalente, y ahora último “cuádruple” o Tetravalente por llevar la V de varicela (MMRV). Todas fabricadas con virus vivos atenuados. Esto las diferencia de vacunas compuestas por virus inactivos, como la vacuna del polio e influenza, o de las que se preparan sólo con toxinas y generan anticuerpos que luego son “olvidados” por el sistema inmunitario. Es por eso que, por ejemplo, uno requiere de una dosis de la antitetánica cada cinco años tras un evento o procedimiento de riesgo (herida incisocontusa por objeto punzocortante o cirugía menor).

Imaginemos el mundo ideal: Un norteamericano viaja a Filipinas y contrae la enfermedad, que probablemente se confunda con una gripe muy fuerte. Su hermano, onda new age y activista antivacunas, tiene un hijo de tres años que se contagia tras ir a recibir a su tío al aeropuerto. Para celebrar el regreso, van todos a Sea World donde viene gente de todos los estados, ciudades y países del mundo.  Como se supone que todos en Estados Unidos están vacunados,  nadie se contagiaría por más que un tío y su sobrino sean focos de contagio estornudando y expectorando por el parque. Cuando el 98% de una población está protegida, no importa quién venga, ni de dónde, si hay este nivel de inmunidad, no habrá transmisión. Ni siquiera habría un problema si un niño menor de un año no vacunado se contagia: todos los demás potenciales receptores de la enfermedad, estarían inmunizados en contra de ella. Eso se llama “inmunidad de la manada”, y es el propósito básico de las vacunas: proteger a todo el grupo y no específicamente a un individuo. O –para ponerlo en palabras de Alejandro Dumas–: todos para uno, uno para todos.

Ahora, veamos el mundo real: En los primeros meses del 2015, en un conocido parque de atracciones de California, se desencadenó una epidemia de sarampión que ya lleva 139 contagiados. Treinta y tres de ellos adquirieron el virus en el mismo parque y el resto son casos secundarios. Hoy los enfermos son 159 en dieciocho estados. La conclusión del Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos es que no existe una correcta inmunidad de manada, que sólo se da con una correcta tasa de vacunados. El sistema de sanidad pública de los Estados Unidos ofrece todos los medios para vacunar niños al cumplir su primer año de vida, pero algunos padres no están llevando a sus hijos a ser inmunizados. Diversas comunidades científicas atribuyen este fenómeno a las campañas constantes de grupos en contra de las vacunas, quienes sostienen que son más peligrosas que beneficiosas, y que son inclusive causales de enfermedades como el autismo.

El análisis del comportamiento de los padres es complejo. Hay quienes por más evidencia que se les dé, si sus ideales y valores no concuerdan con ella, su actitud y conducta no cambia. Hay personas que sufren cuando ven cómo mueren los animales y escogen ser vegetarianos, a pesar de que nuestro estómago produzca ácido clorhídrico, exclusivo de los carnívoros. Si un extracto de alguna planta con un nombre imposible de recordar es etiquetado con el sello “natural”, seguramente encontrará un lugar en el mercado, más aún si es una cura barata para el cáncer y la diabetes. De igual manera, hay quienes creen que las medicinas y vacunas no son solo modificadores de enfermedad sino herramientas usadas para extraerle dinero a la gente y están convencidos que el cuerpo necesita curarse sólo con la ayuda de las fuerzas de la naturaleza. Lo más probable es que ellos se cuelguen de cualquier excusa bien presentada que justifique no recurrir a las vacunas.

Hasta hoy no existe evidencia científica que asocie al autismo con las vacunas. De la misma manera, existe mucha evidencia sobre su efectividad y la de los programas de vacunación en la salud pública. Sin embargo, no es posible convencer a todos de cambiar de actitud frente a la abrumadora evidencia empírica. Algunos médicos argumentan que los padres no le tienen respeto ni miedo al sarampión porque nunca estuvieron frente a él, o a su complicación más grave: La panencefalitis esclerosante subaguda (solo el nombre suena a advertencia). Nadie tiene familiares que fallecieron con sarampión o quedaron con secuelas por una infección complicada o prenatal y quizá por eso no se lo toman en serio. Sin embargo, sí que les tienen miedo a las vacunas y a toda la parafernalia de su administración, porque se pasan leyendo teorías de conspiración que se acomodan a su moral intrínseca y a sus valores (aunque estas no aporten ninguna prueba verificable).

La solución al problema no es sencilla. Debería haber más esfuerzos para mejorar la tasa de vacunación y a la vez la inmunidad de la manada, o el gobierno se debería involucrar creando leyes y normas que obliguen a los ciudadanos a modificar su conducta. ¿Qué es lo correcto? La creación de estas leyes no es imposible: en California, por ejemplo, se está trabajando en una que prohíba la matrícula en los colegios a niños sin vacunas, más allá de una creencia personal. Esto, sin duda, despierta una polémica acerca de hasta dónde la función del Estado debe involucrarse en la vida de los ciudadanos. No hay duda de que la mayoría de la población debe regirse por una pauta de vacunación que se cumpla correctamente, sobre todo si hay un movimiento migratorio tan alto. Hasta entonces, concordando con el ficticio doctor Gregory House –de la popular serie Dr. House en la que un médico malhumorado descifra las enfermedades más raras–, los errores serán solamente tan graves como sus consecuencias y nadie hará nada radical hasta que algo realmente malo ocurra.

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